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El silencio de Recemunde

Silencio... oir el silencio, sentirlo... como lo sintieron nuestros padres, nuestros abuelos... aquel silencio que arrulla, ...

miércoles, 15 de febrero de 2012

Un atardecer


Era una tarde de verano, por la ventana, con sus contraventanas abiertas, entraba el sol del verano, era la habitación de mi hermano y de mi, situado a la izquierda de la casa de Quintana.

El mobiliario era sencillo, elemental, dos camas y una mesa noche, hecha por nuestro abuelo.

En el centro, iluminado por el sol, una manta cuartelera, sobre ella una niña, un bebé de unos pocos meses, su único atuendo era unos pañales de tela. A su lado cuidándola, un niño de unos seis años.

El niño, el Nene, tenía la misión de cuidar a la niña, luchaba con terquedad, con persistencia para que la niña no traspasara los límites y fronteras de la manta.

De vez en cuando, una mujer sonriente, de unos 36 años, asomaba su rostro por la entreabierta puerta, observaba y decía: “Cuida de la niña Nene”.

Palabras como un eco, se repitieron tiempo después. Esta vez fue Papá. “Ven aquí Nene”. Acudí tembloroso. “¿Sabrá lo del secuestro de las gallinas?”. Pero no, estaba sentado, con su mano izquierda sujetó mi hombro tembloroso, mi miedo aumentó, pero su voz me tranquilizó. “Nene,
siempre tendrás que cuidar de la Niña”.

Aquella habitación me gustaba mucho, a la hora de la siesta, Mamá cerraba las contraventanas, no tanto que no impidiera entrar por sus rendijas, una luminosidad que proyectaba por la opuesta pared, la silueta de las personas que por la acera pasaban.

Yo me divertía con aquellas móviles sombras, las asociaba con las sombras chinescas con las que Papá se complacía en entretenernos.

Sin saberlo reproducía, infantilmente, el mito de las cavernas de Platón.

A la postre todo son sombras, nuestro pasado se desdibuja en sombras. Sombras nada más, como dice el “bolero” Sombras.

Escrito por Fernando B. H.


Como aclaración diré para quien no entienda lo del secuestro de las gallinas, que a sus seis añitos y junto con algún otro niño de su edad, cogían alguna gallina de la vecina y la amarraban donde ellos pudieran vigilar hasta que ponía el huevo, una vez puesto, se lo comían y soltaban a la gallina. Claro que la señora se quejaba de que sus gallinas no ponían huevos todo lo que ella esperaba.
Teniendo en cuenta de que corrían los años 40 y poco, ya se pueden imaginar, la necesidad aguza el ingenio, incluso de los más pequeños.

Ese niño, el que cuenta la historia, se tomó al pie de la letra la recomendación de su padre y cuidó siempre a esa niña, aun ahora con muchos años a cuestas los dos, y los dos solos por jugarretas del destino, la sigue cuidando, solo que ahora se cuidan mutuamente.